lunes, 14 de septiembre de 2009

Soliloquio de un nombre

¿Por qué con tanta agua no logro ahogar tu nombre?
Ni las lágrimas vertidas en el silencio
o el abismo de la angustia que me arropa en las noches
me lleva a tus vocales, a tus benditas tres vocales,
aquellas que nombro…
que marco en el cielo de tu ausencia
o en la comisura de tus labios inexistentes.

Hoy existes para mi porque el verbo da sentido;
es el eco que reviste mi soledad
de tu presencia inmarcesible en la fuga de un recuerdo
inacabado, inagotado… no sometido.

Venga entonces la lluvia que dispersa
la costumbre citadina y contagia con su llanto
la tristeza en el charol de la noche.

Venga entonces la luna sin suspiros y
sea la noche que me inunde y te inunde
en calma necesitada por el tiempo de tus cabellos
esparcidos en mi sombras sin intermisión.

Porque te he querido y te quiero
cubierta en mis manos y los dos puntos
exactos de tu cintura de donde naciste hacia mi
y de donde naces hacia allá,
en el misterio de tu voz que oculta la intención.

Y entonces el agua no te llega…
ni la lluvia ni el recuerdo, solo la perenne
metáfora de la voz que te llaga en el recuerdo
y que nunca dejas ni pretendes alejar….

Vive entonces ahí y deja luego que la lluvia
camine, inunde, ahogue lo que nunca has de tener
y que por siempre llevarás .

domingo, 6 de septiembre de 2009

OK, MERCI

Sentado frente a esta taza de café te esperé largo tiempo. Te esperé e imaginé tu nombre ahogado en la garganta y la sonrisa de alguien que no sabe ni intuye los juegos ni sabe de aromas y patrias ni llora o ríe por algo que hice o dejé de hacer. Te esperé sin que tú lo supieras con la esperanza en los dedos y el anhelo en mi cigarro, el tercero de esta segunda cajetilla azul que ustedes producen y yo consumo. Te seguí desde la Rue Saint Honoré y caminé tras de ti por todas esas calles con cafés en las aceras hasta que ingresaste al salón de belleza.

Y me angustié porque temía que te convirtieras en un fantasma de blusa naranja y pantalón de mezclilla oscura a la cadera. Que llegaras como un leve soplo en el Sena, como una triste historia nunca sucedida bajo las gárgolas de Notre Dame, como una tenue lluvia convertida en pesadilla de este viejo y oscuro Paris. Por ello decidí esperarte y no quitar tu imagen ni aroma por un solo momento. Y esperé dos tazas de café expreso, tres vasos de agua, un vaso de vino tinto y ocho cigarros depositados en la acera ante la mirada atónita del mesero. Te esperé una orden de carnes frías y cuatro cigarros más. Te esperé un chicle de menta y decidí cruzar la calle por entre la lluvia e ingresar al salón de belleza.

Y sin decir una palabra, sonreíste cuando la ropa húmeda se pegaba a mi triste recuerdo de Quijote. Y pedí un corte y a señas me preguntabas si quería lavarme el cabello y pagar veinte francos más. Y volví a angustiarme porque mi respuesta de veinte francos tuvo otras manos femeninas y blancas de una mujer de cabello rubio que me recostó sobre un lavabo. Y lloré porque pensé que el amor es ingrato cuando tiene como opción la primera vista, la ilusión escondida lastimada por un desdén involuntario y la realidad intangible. Sin embargo, no pude evitar el haberme sentido confortado cuando otras manos tocaron mi cabello y me dieron masaje en las raíces capilares mientras tú acomodabas los instrumentos para quitarme el cabello, el prejuicio, el miedo, el terror de regresar y la ansiedad por saber tu nombre; el aroma a tabaco, la ausencia de gel, las palabras guturales y melódicas donde yace el recuerdo de un país lejano que dice darme patria y no paga el salario mínimo.

Y llegó tu turno. Nuestro turno. Y preguntaste el estilo y la forma. Y yo te vi a los ojos y supimos, ambos supimos que eso no se pregunta, ni se dice, ni se habla, sencillamente se hace. Y lo hiciste cuando llegó el milagro de sentir tus yemas acariciando mi cabello, el peine en la mano y sin bata para protegerte. Me ilusioné pensando en que querías que mis cabellos te llenaran las manos, brazos, piernas, pecho y hasta las mejillas de todo mi prejuicio, miedo y aroma de tabaco.

Pero eres toda una profesional y jamás dejaste que un cabello mío se depositara en alguna parte de tu cuerpo que no fueran las palmas. Y te sentaste con la mirada fija en tu trabajo con algunos destellos hacia el espejo que tenía enfrente. El único punto de contacto entre ambos. Y te imaginaba riendo en un café de Coyoacán o de lentes oscuros en el Zócalo gozando la sucia Catedral que yo sufro; en una playa de Cancún con tu francesa anatomía depositada en la arena maya; en el baño sufriendo los horrores del picante y yo en la puerta paciente, esperando a que terminaras de vaciarte para llenarte de agua y alka seltzer o llorando frente al mural de Rivera y bailando en las pirámides del Sol y la Luna en Teotihuacan, cuando la gerente del salón preguntó en inglés si me gustaba el corte, mientras te pensaba en español; bailábamos en náhuatl y vivíamos en francés, la lengua que dominas porque ahí naciste y yo iba de visita. Y en inglés contesté “Ok, merci”. Fue cuando sonreíste por el absurdo, cuando finalmente no pude más, entonces recurrí a la mímica, el gran lenguaje universal, para invitarte a tomar una copa a las orillas del Sena. Y reíste, afirmaste, te arreglaste y salimos, ambos, tú y yo. Tú con tu suéter de lana peinada azul marino y cuello alto, realzando el busto, el talle y tu francesa figura. Yo con una chamarra todavía húmeda por la lluvia, húmedo por el nuevo corte y húmedo de las manos por los nervios. Salimos y entramos al mundo urbano de luces, de gente en patines y atletas nocturnos que dan una y otra vuelta al Museo de Louvre.

Sentados uno frente al otro no tuvimos conversación. Yo no hablaba francés y no me lo perdono porque me fue imposible decirte poemas, delirios, angustias, cielos e infiernos que nunca me abandonan, aunque ande por otros cielos. Tú no hablabas español, ni inglés ni alemán. Y te lo perdono, quizás algo de latín, pero salvo los sacerdotes, a quién le importa el latín. Y ese gesto clerical también te lo perdono.

Entonces tomamos copas y fumamos cigarros. Cenamos, reímos. Bebimos y reímos. Hablaste para decir Mexique y reímos. Y volví a decir OK, Merci y reíste. Y observé tus dientes bien alineados y blancos; tu boca pequeña y sensual; tu piel, tu cabello corto. Platicamos sin hablar. Yo decía todo con los ojos y tú con las manos, benditas manos que son arte cuando cortan, cuando toman la copa y sostienen el cigarro, cuando levantan la servilleta, señalan el estómago y pintan tus labios. Por ello las tomé, las medí con las mías y pedí el café. El tuyo capuchino, el mío expreso.

Caminamos por los puentes que cruzan el Sena. Esperamos el verde en el piétons passez y nos detuvimos en la roja metáfora. Nos perdimos en los tiempos y las baldosas húmedas porque una noche sin lluvia no es romántica. Entonces el vino, los cigarros y el expreso se coludieron para darle verbo, sentido a mi voz e hice una inesperada y sincera pregunta, la única frase en francés que aprendí y ensayé durante horas frente al espejo del baño Tu viens avec moi?

Hoy te llevo conmigo. Estamos ambos, tú y yo. Embarrados en la ventana del avión por el gordo que ocupa dos asientos y no deja de pedir bebidas. Entiendo tu nostalgia por dejar la ciudad que te ha dado sentido y origen. Y entonces comienzo a sentir tus dedos fríos en la bolsa de mi chamarra y comienzo a acariciarlos y siento tu frustración por saber que no volverás a cortar el cabello. Y reviso el frasco donde llevo también tus ojos y me tranquilizo. Y me reprocho no haberte dicho que jamás acepto un no cuando me enamoro.