jueves, 20 de agosto de 2009

Ligero de equipaje

Ligero de Equipaje

“Yo puedo perdonarle todo a un hombre, menos que no sepa volar” dijo sin cortapisas. Y se hizo la luz... En días posteriores, tema recurrente fue la poesía, Tony de Mello, el encanto de la literatura latinoamericana y los poetas de dolientes verbos, todo ello alrededor de una taza de café.

Conocí su cuarto una noche que la vejiga me reventaba. Una colchoneta sobre el piso, libros y papeles, hablaban por sí mismos de su etérea personalidad. Con los testículos doloridos, tras cuatro horas de convencimiento, consumamos nuestro primer encuentro físico.

Sus labios fueron envolviéndome en sus suaves y húmedas cimas. Suave era su cuello y sus hombros. Suaves sus senos coronados con la oscura raíz de las violetas. Suave plumaje en el triángulo perfecto de su centro, forjado de tabaco y arena, discreto y fuerte, bruñido. Suaves, sus muslos manchados tiernamente de lunares indiscretos, como ojos absurdos en inhabitables tierras. Todo lo bebí, lo arranqué con los dientes, tatuaba mi piel sudorosa en la suya con las uñas en mis espaldas ¡Y volé! ¡Volamos!

Primero fue el espacio de mis manos y su espalda, subíamos a cada arremetida de mi ser contra su centro: un metro, dos. Alcanzamos la ventana y salimos disparados para perdernos en la oscura noche.

Abrí los ojos con dificultad. Ahí estábamos, desnudos, su cabeza reposando en mi pecho mientras yo sentía el frío mármol bajo mi espalda. Levanté la mirada para encontrarme con otros senos, esta vez dorados: ¡El Ángel de la Independencia! Entre la sorpresa y mi pudor desperté a Blanca:

-¡Despierta, estamos desnudos en la calle!
-Lo sé, murmuró.
-¡Pero estamos en Reforma y a las ocho de la mañana!
-Hoy no juega la selección. Es domingo, así que toma las cosas con calma.

Calma ¿Qué significa la calma en estas circunstancias? Lo importante era encontrar la forma de salir airosos de esta situación y evitar problemas. Sentí cólera por la pasiva y cínica actitud de Blanca, como si estar desnudos por la calle fuera normal. Pronto apareció la respuesta. Un taxi se detuvo en el semáforo, la bandera indicaba que estaba libre y también que era la única opción. Con calcetines, lo único que olvidé quitarme, bajé las escalinatas para solicitar el servicio. Me disculpé por lo evidente, alegando un asalto a mano armada. El chofer complaciente accedió. Pronto estuvimos en el taxi soportando las miradas irónicas y lujuriosas del conductor.

Seguimos volando durante mucho tiempo, a todas horas y todos los días. Lo que en un principio me resultó incómodo y absurdo, pronto tuvo sus ventajas. Como no podíamos planear el lugar al que llegaríamos, opté por cargar con una mochila en la espalda con ropa, dinero y cigarros. Podía quitarme la ropa y quitársela a ella, pero nunca olvidaba la mochila. Mis actos se convirtieron en un conductismo pleno: “hazme el amor”, decía y yo corría a recoger la valija para colocarla sobre mis espaldas. Primero, la emoción que implicaba explorar su cuerpo, conjuntar aromas y virtudes; después, un largo sopor y perdernos en el tiempo y, finalmente, la sorpresa por descubrir un nuevo lugar de aterrizaje, las caras de los moralistas, los aplausos de los jóvenes y las persecuciones de la policía. Intentamos todo para evitar sorpresas, nos amarramos a la cama y pagamos el flete de regreso porque esa vez aparecimos en el Parque Hundido, despertados por un grupo de escolares que preguntaban a la maestra si eso era arte abstracto. Abstracto era viajar. De esta forma, recorrimos casi toda la ciudad y aparecimos en los lugares más inusuales: centros comerciales, hoteles de paso y de lujo, restaurantes, en el Viaducto y el Circuito Interior, en casa de mi tía Lucha quien hasta nos dio el desayuno, Palacio Nacional y en pleno plantón de maestros, ubicados en la Plaza de Santo Domingo.

Lo difícil era reconocer que no podía volar con nadie más. Lo intenté muchas veces con otras personas, soporté sus burlas cuando llegaba a los encuentros con mochila al hombro. Inamovible, la mochila permanecía en mi espalda mientras estuviéramos haciendo el amor. Pronto se alejaron de mí por obsesivo y poco romántico. La mochila, Blanca y volar se convirtieron en mi vida. Me corrieron del trabajo por no llegar temprano y con la misma ropa. Vendí mi auto para quitarme la angustia de dejarlo estacionado por horas y alguien pudiera abrirlo o robarlo. Descuidé mis horarios y hábitos personales, pronto el saco y corbata fueron sustituidos por ropa más cómoda.

Me encantaba relacionar los sueños con el lugar en que aparecíamos. Así, cuando soñaba que caía a un precipicio, despertábamos en la azotea de un condominio. Si en el sueño era piloto de carreras, aparecíamos en la lateral del Periférico; en alguna ocasión estuve en el infierno saludando a todo el mundo, un cura nos despertó en el ático de su iglesia. Todos los simbolismos del sueño, de alguna forma tenían relación con el lugar en que aparecíamos. Los aromas no se huelen, sin embargo, en los sueños, siempre se saborean y sienten.

Hasta esa ocasión que nos arrojaron del sueño con la piel estirada y los ojos desmesurados. Un golpe en las costillas rompía la neblina de la irrealidad. Blanca estaba a mi lado, recargada, como siempre, sobre mi brazo. Tres sujetos se acercaron y me tomaron por el cabello, mientras otro la levantaba del piso. Sentí la humedad de la pared sobre mi espalda y el frío de las baldosas en mis pies, uno de ellos, en forma desordenada y hosca, vaciaba la mochila sobre el piso: “Llévate lo que quieras” alcancé a murmurar cuando un aliento agrio se acercó a mi rostro: “Tranquilo, una palabra más y te lleva la chingada”

La tiraron sobre el piso, la sujetaron de piernas y manos, como una visión supe lo que vendría después. Intenté moverme y sentí un dolor en el abdomen: “no te muevas, pendejo”. La amordazaron, mientras un tipo se desabrochaba el pantalón. Empezaba la violación, una y otra vez, la tocaban, le mordían los senos, el cuerpo entero se había convertido en una hoja blanca donde escribir para explorar. La imagen del hombre en su estado más salvaje descomponía la áurea dicha del placer, de la inminente procreación. Blanca se movía angustiada en un intento por evitar las bruscas arremetidas de su violador. Desesperado intenté ir en su auxilio, pero las manos férreas de mis captores me lo impedían. Y grité hasta sentir que la garganta se desgarraba, un grito salido desde el fondo de mi impotencia: “¡vuela, por tu vida, vuela!”

Abrí las manos, cerré los ojos, alcé las piernas y rodillas, raspé mi espalda desnuda sobre la pared abrupta; apretaba mandíbulas y movía los brazos. Pronto estuve en el piso con los ojos cerrados recibiendo golpes en el cuerpo, sin dolor, como si me hubieran adormecido con la realidad, yo ya no sentía nada “Vuela, Blanca, vuela”, murmuraba.

Estuvimos hospitalizados. Yo salí antes e iba a verla todos los días, le platicaba de todo, menos de ese incidente. Me pidió que viviéramos juntos y accedí. Busqué un departamento en la colonia Condesa, en lo alto de un edificio antiguo. El día que salió del hospital, llené el departamento de flores para darle alma a su marchita vida, no reía ni me pedía libros. Se sentaba en la cama y fumaba con la mirada perdida todo el día. Dejó de comer y en la noche se despertaba con pesadillas. No hice ni el más mínimo intento de volver a tener relaciones con ella, en parte porque respetaba su trauma, además tenía mucha inseguridad sobre nuestro lugar de aterrizaje.

Una noche abrí la puerta y dejé mis cosas sobre la mesa. Ella no estaba ahí. Por mucho tiempo, sentí una alegría infinita, pensé que había decidido finalmente salir. Entusiasmado corría a la cocina a preparar una cena de inicio. Puse la mesa y música barroca para esperar el gran momento. Mientras regresaba, preparé un café. Nuevamente, la vejiga me reventaba, así que fui al baño y ahí la encontré: primero sus pequeños pies, luego las piernas aún con moretones, sus muslos y los senos sin sostén, el cuello rodeado de un cinturón negro y el cabello desaliñado. Ahí estaba colgada de la viga. Con cuidado la bajé y la cubrí con mis brazos. Estaba fría, así que decidí ponerle un cobertor sobre su espalda. La senté en la mesa, encendí las velas y puse el Adagio de Tomaso Albinoni.

No volvimos a volar, ésta vez sólo cenamos.