sábado, 26 de diciembre de 2009

Impotencia

He errado el camino en vano afán por encontrarte
sin complacencias ni delirios, sin la palabra y su sonido.
No he sido el fulgor del firmamento
que acompaña a la Luna
ni el agua que endurece al invernal río

No prodigo a tus labios la sed de la palabra
porque se ausenta el sonido en toda mi distancia;
soy lejano a mis deseos que comparto con aromas
y mis manos errantes se sumen en recuerdo
al mullido tiempo que marca tu gota a gota.

Soy una sobra de carne y la abundancia de ansias.

He vuelto de la tristeza y a transitar en ella
y camino encadenado a esta tierra olorosa
a desesperanza. Huelo el cielo inmóvil y atrapado
en dos silenciosos cristales que buscan al sueño
como la ceniza a su reposo.

Transitas como una ola sin tocar mi arena
sin reposar o detener tu paso tembloroso de irradiación
marina para dejar inconclusa la ilusión
que no cabe en mis manos.

Has sido el tumulto de silencio que se ausenta.

Y yo sigo pegado a mi ventana porque
puede ser que hoy salga la Luna.

lunes, 14 de septiembre de 2009

Soliloquio de un nombre

¿Por qué con tanta agua no logro ahogar tu nombre?
Ni las lágrimas vertidas en el silencio
o el abismo de la angustia que me arropa en las noches
me lleva a tus vocales, a tus benditas tres vocales,
aquellas que nombro…
que marco en el cielo de tu ausencia
o en la comisura de tus labios inexistentes.

Hoy existes para mi porque el verbo da sentido;
es el eco que reviste mi soledad
de tu presencia inmarcesible en la fuga de un recuerdo
inacabado, inagotado… no sometido.

Venga entonces la lluvia que dispersa
la costumbre citadina y contagia con su llanto
la tristeza en el charol de la noche.

Venga entonces la luna sin suspiros y
sea la noche que me inunde y te inunde
en calma necesitada por el tiempo de tus cabellos
esparcidos en mi sombras sin intermisión.

Porque te he querido y te quiero
cubierta en mis manos y los dos puntos
exactos de tu cintura de donde naciste hacia mi
y de donde naces hacia allá,
en el misterio de tu voz que oculta la intención.

Y entonces el agua no te llega…
ni la lluvia ni el recuerdo, solo la perenne
metáfora de la voz que te llaga en el recuerdo
y que nunca dejas ni pretendes alejar….

Vive entonces ahí y deja luego que la lluvia
camine, inunde, ahogue lo que nunca has de tener
y que por siempre llevarás .

domingo, 6 de septiembre de 2009

OK, MERCI

Sentado frente a esta taza de café te esperé largo tiempo. Te esperé e imaginé tu nombre ahogado en la garganta y la sonrisa de alguien que no sabe ni intuye los juegos ni sabe de aromas y patrias ni llora o ríe por algo que hice o dejé de hacer. Te esperé sin que tú lo supieras con la esperanza en los dedos y el anhelo en mi cigarro, el tercero de esta segunda cajetilla azul que ustedes producen y yo consumo. Te seguí desde la Rue Saint Honoré y caminé tras de ti por todas esas calles con cafés en las aceras hasta que ingresaste al salón de belleza.

Y me angustié porque temía que te convirtieras en un fantasma de blusa naranja y pantalón de mezclilla oscura a la cadera. Que llegaras como un leve soplo en el Sena, como una triste historia nunca sucedida bajo las gárgolas de Notre Dame, como una tenue lluvia convertida en pesadilla de este viejo y oscuro Paris. Por ello decidí esperarte y no quitar tu imagen ni aroma por un solo momento. Y esperé dos tazas de café expreso, tres vasos de agua, un vaso de vino tinto y ocho cigarros depositados en la acera ante la mirada atónita del mesero. Te esperé una orden de carnes frías y cuatro cigarros más. Te esperé un chicle de menta y decidí cruzar la calle por entre la lluvia e ingresar al salón de belleza.

Y sin decir una palabra, sonreíste cuando la ropa húmeda se pegaba a mi triste recuerdo de Quijote. Y pedí un corte y a señas me preguntabas si quería lavarme el cabello y pagar veinte francos más. Y volví a angustiarme porque mi respuesta de veinte francos tuvo otras manos femeninas y blancas de una mujer de cabello rubio que me recostó sobre un lavabo. Y lloré porque pensé que el amor es ingrato cuando tiene como opción la primera vista, la ilusión escondida lastimada por un desdén involuntario y la realidad intangible. Sin embargo, no pude evitar el haberme sentido confortado cuando otras manos tocaron mi cabello y me dieron masaje en las raíces capilares mientras tú acomodabas los instrumentos para quitarme el cabello, el prejuicio, el miedo, el terror de regresar y la ansiedad por saber tu nombre; el aroma a tabaco, la ausencia de gel, las palabras guturales y melódicas donde yace el recuerdo de un país lejano que dice darme patria y no paga el salario mínimo.

Y llegó tu turno. Nuestro turno. Y preguntaste el estilo y la forma. Y yo te vi a los ojos y supimos, ambos supimos que eso no se pregunta, ni se dice, ni se habla, sencillamente se hace. Y lo hiciste cuando llegó el milagro de sentir tus yemas acariciando mi cabello, el peine en la mano y sin bata para protegerte. Me ilusioné pensando en que querías que mis cabellos te llenaran las manos, brazos, piernas, pecho y hasta las mejillas de todo mi prejuicio, miedo y aroma de tabaco.

Pero eres toda una profesional y jamás dejaste que un cabello mío se depositara en alguna parte de tu cuerpo que no fueran las palmas. Y te sentaste con la mirada fija en tu trabajo con algunos destellos hacia el espejo que tenía enfrente. El único punto de contacto entre ambos. Y te imaginaba riendo en un café de Coyoacán o de lentes oscuros en el Zócalo gozando la sucia Catedral que yo sufro; en una playa de Cancún con tu francesa anatomía depositada en la arena maya; en el baño sufriendo los horrores del picante y yo en la puerta paciente, esperando a que terminaras de vaciarte para llenarte de agua y alka seltzer o llorando frente al mural de Rivera y bailando en las pirámides del Sol y la Luna en Teotihuacan, cuando la gerente del salón preguntó en inglés si me gustaba el corte, mientras te pensaba en español; bailábamos en náhuatl y vivíamos en francés, la lengua que dominas porque ahí naciste y yo iba de visita. Y en inglés contesté “Ok, merci”. Fue cuando sonreíste por el absurdo, cuando finalmente no pude más, entonces recurrí a la mímica, el gran lenguaje universal, para invitarte a tomar una copa a las orillas del Sena. Y reíste, afirmaste, te arreglaste y salimos, ambos, tú y yo. Tú con tu suéter de lana peinada azul marino y cuello alto, realzando el busto, el talle y tu francesa figura. Yo con una chamarra todavía húmeda por la lluvia, húmedo por el nuevo corte y húmedo de las manos por los nervios. Salimos y entramos al mundo urbano de luces, de gente en patines y atletas nocturnos que dan una y otra vuelta al Museo de Louvre.

Sentados uno frente al otro no tuvimos conversación. Yo no hablaba francés y no me lo perdono porque me fue imposible decirte poemas, delirios, angustias, cielos e infiernos que nunca me abandonan, aunque ande por otros cielos. Tú no hablabas español, ni inglés ni alemán. Y te lo perdono, quizás algo de latín, pero salvo los sacerdotes, a quién le importa el latín. Y ese gesto clerical también te lo perdono.

Entonces tomamos copas y fumamos cigarros. Cenamos, reímos. Bebimos y reímos. Hablaste para decir Mexique y reímos. Y volví a decir OK, Merci y reíste. Y observé tus dientes bien alineados y blancos; tu boca pequeña y sensual; tu piel, tu cabello corto. Platicamos sin hablar. Yo decía todo con los ojos y tú con las manos, benditas manos que son arte cuando cortan, cuando toman la copa y sostienen el cigarro, cuando levantan la servilleta, señalan el estómago y pintan tus labios. Por ello las tomé, las medí con las mías y pedí el café. El tuyo capuchino, el mío expreso.

Caminamos por los puentes que cruzan el Sena. Esperamos el verde en el piétons passez y nos detuvimos en la roja metáfora. Nos perdimos en los tiempos y las baldosas húmedas porque una noche sin lluvia no es romántica. Entonces el vino, los cigarros y el expreso se coludieron para darle verbo, sentido a mi voz e hice una inesperada y sincera pregunta, la única frase en francés que aprendí y ensayé durante horas frente al espejo del baño Tu viens avec moi?

Hoy te llevo conmigo. Estamos ambos, tú y yo. Embarrados en la ventana del avión por el gordo que ocupa dos asientos y no deja de pedir bebidas. Entiendo tu nostalgia por dejar la ciudad que te ha dado sentido y origen. Y entonces comienzo a sentir tus dedos fríos en la bolsa de mi chamarra y comienzo a acariciarlos y siento tu frustración por saber que no volverás a cortar el cabello. Y reviso el frasco donde llevo también tus ojos y me tranquilizo. Y me reprocho no haberte dicho que jamás acepto un no cuando me enamoro.

jueves, 20 de agosto de 2009

Ligero de equipaje

Ligero de Equipaje

“Yo puedo perdonarle todo a un hombre, menos que no sepa volar” dijo sin cortapisas. Y se hizo la luz... En días posteriores, tema recurrente fue la poesía, Tony de Mello, el encanto de la literatura latinoamericana y los poetas de dolientes verbos, todo ello alrededor de una taza de café.

Conocí su cuarto una noche que la vejiga me reventaba. Una colchoneta sobre el piso, libros y papeles, hablaban por sí mismos de su etérea personalidad. Con los testículos doloridos, tras cuatro horas de convencimiento, consumamos nuestro primer encuentro físico.

Sus labios fueron envolviéndome en sus suaves y húmedas cimas. Suave era su cuello y sus hombros. Suaves sus senos coronados con la oscura raíz de las violetas. Suave plumaje en el triángulo perfecto de su centro, forjado de tabaco y arena, discreto y fuerte, bruñido. Suaves, sus muslos manchados tiernamente de lunares indiscretos, como ojos absurdos en inhabitables tierras. Todo lo bebí, lo arranqué con los dientes, tatuaba mi piel sudorosa en la suya con las uñas en mis espaldas ¡Y volé! ¡Volamos!

Primero fue el espacio de mis manos y su espalda, subíamos a cada arremetida de mi ser contra su centro: un metro, dos. Alcanzamos la ventana y salimos disparados para perdernos en la oscura noche.

Abrí los ojos con dificultad. Ahí estábamos, desnudos, su cabeza reposando en mi pecho mientras yo sentía el frío mármol bajo mi espalda. Levanté la mirada para encontrarme con otros senos, esta vez dorados: ¡El Ángel de la Independencia! Entre la sorpresa y mi pudor desperté a Blanca:

-¡Despierta, estamos desnudos en la calle!
-Lo sé, murmuró.
-¡Pero estamos en Reforma y a las ocho de la mañana!
-Hoy no juega la selección. Es domingo, así que toma las cosas con calma.

Calma ¿Qué significa la calma en estas circunstancias? Lo importante era encontrar la forma de salir airosos de esta situación y evitar problemas. Sentí cólera por la pasiva y cínica actitud de Blanca, como si estar desnudos por la calle fuera normal. Pronto apareció la respuesta. Un taxi se detuvo en el semáforo, la bandera indicaba que estaba libre y también que era la única opción. Con calcetines, lo único que olvidé quitarme, bajé las escalinatas para solicitar el servicio. Me disculpé por lo evidente, alegando un asalto a mano armada. El chofer complaciente accedió. Pronto estuvimos en el taxi soportando las miradas irónicas y lujuriosas del conductor.

Seguimos volando durante mucho tiempo, a todas horas y todos los días. Lo que en un principio me resultó incómodo y absurdo, pronto tuvo sus ventajas. Como no podíamos planear el lugar al que llegaríamos, opté por cargar con una mochila en la espalda con ropa, dinero y cigarros. Podía quitarme la ropa y quitársela a ella, pero nunca olvidaba la mochila. Mis actos se convirtieron en un conductismo pleno: “hazme el amor”, decía y yo corría a recoger la valija para colocarla sobre mis espaldas. Primero, la emoción que implicaba explorar su cuerpo, conjuntar aromas y virtudes; después, un largo sopor y perdernos en el tiempo y, finalmente, la sorpresa por descubrir un nuevo lugar de aterrizaje, las caras de los moralistas, los aplausos de los jóvenes y las persecuciones de la policía. Intentamos todo para evitar sorpresas, nos amarramos a la cama y pagamos el flete de regreso porque esa vez aparecimos en el Parque Hundido, despertados por un grupo de escolares que preguntaban a la maestra si eso era arte abstracto. Abstracto era viajar. De esta forma, recorrimos casi toda la ciudad y aparecimos en los lugares más inusuales: centros comerciales, hoteles de paso y de lujo, restaurantes, en el Viaducto y el Circuito Interior, en casa de mi tía Lucha quien hasta nos dio el desayuno, Palacio Nacional y en pleno plantón de maestros, ubicados en la Plaza de Santo Domingo.

Lo difícil era reconocer que no podía volar con nadie más. Lo intenté muchas veces con otras personas, soporté sus burlas cuando llegaba a los encuentros con mochila al hombro. Inamovible, la mochila permanecía en mi espalda mientras estuviéramos haciendo el amor. Pronto se alejaron de mí por obsesivo y poco romántico. La mochila, Blanca y volar se convirtieron en mi vida. Me corrieron del trabajo por no llegar temprano y con la misma ropa. Vendí mi auto para quitarme la angustia de dejarlo estacionado por horas y alguien pudiera abrirlo o robarlo. Descuidé mis horarios y hábitos personales, pronto el saco y corbata fueron sustituidos por ropa más cómoda.

Me encantaba relacionar los sueños con el lugar en que aparecíamos. Así, cuando soñaba que caía a un precipicio, despertábamos en la azotea de un condominio. Si en el sueño era piloto de carreras, aparecíamos en la lateral del Periférico; en alguna ocasión estuve en el infierno saludando a todo el mundo, un cura nos despertó en el ático de su iglesia. Todos los simbolismos del sueño, de alguna forma tenían relación con el lugar en que aparecíamos. Los aromas no se huelen, sin embargo, en los sueños, siempre se saborean y sienten.

Hasta esa ocasión que nos arrojaron del sueño con la piel estirada y los ojos desmesurados. Un golpe en las costillas rompía la neblina de la irrealidad. Blanca estaba a mi lado, recargada, como siempre, sobre mi brazo. Tres sujetos se acercaron y me tomaron por el cabello, mientras otro la levantaba del piso. Sentí la humedad de la pared sobre mi espalda y el frío de las baldosas en mis pies, uno de ellos, en forma desordenada y hosca, vaciaba la mochila sobre el piso: “Llévate lo que quieras” alcancé a murmurar cuando un aliento agrio se acercó a mi rostro: “Tranquilo, una palabra más y te lleva la chingada”

La tiraron sobre el piso, la sujetaron de piernas y manos, como una visión supe lo que vendría después. Intenté moverme y sentí un dolor en el abdomen: “no te muevas, pendejo”. La amordazaron, mientras un tipo se desabrochaba el pantalón. Empezaba la violación, una y otra vez, la tocaban, le mordían los senos, el cuerpo entero se había convertido en una hoja blanca donde escribir para explorar. La imagen del hombre en su estado más salvaje descomponía la áurea dicha del placer, de la inminente procreación. Blanca se movía angustiada en un intento por evitar las bruscas arremetidas de su violador. Desesperado intenté ir en su auxilio, pero las manos férreas de mis captores me lo impedían. Y grité hasta sentir que la garganta se desgarraba, un grito salido desde el fondo de mi impotencia: “¡vuela, por tu vida, vuela!”

Abrí las manos, cerré los ojos, alcé las piernas y rodillas, raspé mi espalda desnuda sobre la pared abrupta; apretaba mandíbulas y movía los brazos. Pronto estuve en el piso con los ojos cerrados recibiendo golpes en el cuerpo, sin dolor, como si me hubieran adormecido con la realidad, yo ya no sentía nada “Vuela, Blanca, vuela”, murmuraba.

Estuvimos hospitalizados. Yo salí antes e iba a verla todos los días, le platicaba de todo, menos de ese incidente. Me pidió que viviéramos juntos y accedí. Busqué un departamento en la colonia Condesa, en lo alto de un edificio antiguo. El día que salió del hospital, llené el departamento de flores para darle alma a su marchita vida, no reía ni me pedía libros. Se sentaba en la cama y fumaba con la mirada perdida todo el día. Dejó de comer y en la noche se despertaba con pesadillas. No hice ni el más mínimo intento de volver a tener relaciones con ella, en parte porque respetaba su trauma, además tenía mucha inseguridad sobre nuestro lugar de aterrizaje.

Una noche abrí la puerta y dejé mis cosas sobre la mesa. Ella no estaba ahí. Por mucho tiempo, sentí una alegría infinita, pensé que había decidido finalmente salir. Entusiasmado corría a la cocina a preparar una cena de inicio. Puse la mesa y música barroca para esperar el gran momento. Mientras regresaba, preparé un café. Nuevamente, la vejiga me reventaba, así que fui al baño y ahí la encontré: primero sus pequeños pies, luego las piernas aún con moretones, sus muslos y los senos sin sostén, el cuello rodeado de un cinturón negro y el cabello desaliñado. Ahí estaba colgada de la viga. Con cuidado la bajé y la cubrí con mis brazos. Estaba fría, así que decidí ponerle un cobertor sobre su espalda. La senté en la mesa, encendí las velas y puse el Adagio de Tomaso Albinoni.

No volvimos a volar, ésta vez sólo cenamos.

viernes, 26 de junio de 2009

Ilusión

Repartiendo simientes,
Elucubrando historias que nunca terminan;
Soliloquios de sueños consumados
Y ronquidos de sueños intranquilos.

Espiga que cede su fuerza al viento
Y el viento que reta a la espiga
En su indeleble delgadez,
Debilidad,
Sencillez,
Inapropiada de crecimiento
Sin sentido en el paisaje de un mundo
Que ha perdido el sinsentido.

Solo las voces del eco
Y el murmullo del viento que no cesa
Como el dolor, como la plegaria
Como la tristeza vaciada en café
Y esfumada en tabaco

Las voces del eco que no regresan
A su origen natural
Y rompen la plasticidad
De los labios,
Ansiosos de besos
Cerrados de emoción,
Poco certeros en la expresión

Voces y labios que no dicen
Y sienten la herida del mundo
Y de aquello que los sueños arrebatan
En un despertar húmedo
Caliente,
Inasible,
Sin futuro…

Hoy soy un ser existencial